I have a feeling, it’s a feeling I’m concealing -I don’t know why It’s just a mental, incidental, sentimental – alibi
But I adore you, so strong for you
Why go on stalling, I am falling, love is calling – why be shy
Let’s fall in love
Why shouldn’t we fall in love
Our hearts are made of it, let’s take a chance
Why be afraid of it
Let’s close our eyes
And make our own paradise
Little we know of it, still we can try
To make a go of it
We might have been meant for each other
To be or not to be, let our hearts discover
Let’s fall in love
Why shouldn’t we fall in love
Now is the time for it, while we are young
Let’s fall in love
Me gustan los vinos y las personas que me hacen pensar. Vinos, personas me han brindado momentos de reflexión, intercambio de historias, aprendizaje, conversaciones, amigos, amores… De eso se trata la vida. El vino se ha convertido en el hilo conductor de la mía. El vino hizo florecer mi conciencia; la conciencia de la vivencia a través de los sentidos, y comprendí que todos los días debemos hacer el esfuerzo sensorial de enamorarnos de nuestras vidas… Como dice la canción: “Let’s fall in love”.
Tengo un año y medio viviendo en Argentina. Durante ese tiempo no he vuelto a Venezuela hasta ahora… Faltan pocos día para volver a sentir el aroma del mar caribe, para ver a mi gente, para reencontrarme con los sabores venezolanos que tanto extraño y que he tratado mínimamente de replicar aquí… Para mí Argentina “era” la imagen de su geografía en googlemaps, recorría sus zonas vitivinícolas a través de esta herramienta para entender un poco eso que llaman “terroir”. Para mí Argentina era eso: un lugar en el mapa donde se elaboraba Malbec y Torrontés. Era los tangos que cantaba mi abuelo. Era la clásica foto del obelisco, el mate, los alfajores y el corte de carne argentino…
Cuando vine a vivir aquí -mi plan eran sólo tres meses-, mi intención fue tomar unos cursos, aprender sobre el vino argentino y volver a compartir los conocimientos con mis compañeros de oficio, también la urgente necesidad de cambiar de ambiente. Hay muchas cosas que han cambiado en mi cabeza y en mi corazón desde la época en la que aún no pensaba mudarme a este país. Siento cómo mi corazón está dividido entre mi necesidad de estar en contacto con mis raíces, mi gente en Venezuela y el amor que me ha generado Argentina, sus lugares, las personas, el vino… Argentina se ha convertido en mi hogar, así lo siento y lo asumo. Este viaje a Venezuela es una manera de unir en mi interior y en mi entorno esas vertientes.
Me encanta el fluir, siento que mi vida fluye como el vino, como el agua de los ríos… El río Chama en Mérida, donde hundí mis pies tantas veces, donde aprendí lo que es el aroma de la piedra de río que ahora se ha convertido en característica reconocible de algunos vinos. El río Mendoza, ese que baña las vides de este lado de la misma Cordillera. El río Orinoco torrente sanguíneo de la selva venezolana. El río de La Plata que baña los bajos de Buenos Aires con sus aguas, aguas de río que en contadas noches de mucho viento he podido percibir con mi olfato desde mi ventana que mira al puerto.
Mi reciente viaje a Mendoza fue intensamente vívido. Recuerdo que días antes de viajar sentía como mi corazón acelerado pronosticaba la importancia de este viaje, eso mismo siento ahora… Y me emociona ver cómo he relacionado sin planearlo concientemente estos dos viajes. Pasé varios días en compañía de Gabriela Celeste, amiga y enólogo que ahora viene conmigo a Venezuela. Con ella recorrí viñedos recolectando muestras para ser analizadas en su laboratorio, visité bodegas, disfrutamos el aroma del viñedo en el atardecer -que no es el mismo que se siente a pleno día-. Con ella conocí la inmensa concentración del Val de Flores que disfrutamos bajo la luz de la luna en las orillas del río Mendoza, junto al calor de la fogata, el sonido de fluir del río y una linda conversación… Gabriela es una de las amigas más queridas que he hecho en este país. Con ella también compartimos el paseo hacía Potrerillos, la mancha azul del agua del embalse en medio de las montañas nevadas, agua del deshielo que alimenta ríos, que da vida a los viñedos, y frutales, el agua que es el bien más preciado de esa Provincia… Esa tarde compartimos un Malbec De Angeles, fruta suave y fresca que sirvió de acompañamiento de un picnic al borde del río, atardecer en el que conversamos del vino, de la vida, de los amigos, de nuestras historias, de la bodega De Angeles -que Gabriela asesora en EnoRolland, junto con su colega Juan Manuel Gonzalez- es uno de los vinos que llevamos a Venezuela en la semana de eventos que organicé, donde seremos embajadores del Vino Argentino.
Este viaje a Mendoza me regaló a mi amigo, columnista de la revista El Conocedor Jose Bahamonde, férreo defensor del vino argentino, que también me acompaña a Venezuela: José, presentí quererlo antes de conocerlo personalmente; inmenso cariño que fue confirmado después de una tarde de pasos relajados por las calles de Mendoza, cuando las palabras se encontraron con los ojos y nos sentimos como dos pajaritos que se ponen a cantar juntos en la ramita de un arbusto … El Jose es otro de los preciados tesoros que me ha regalado el vino argentino.
La tercera compañera de viaje es Natalia Beneitez, sommelier y cocinera a quién admiro profundamente y con quién he construido una amistad de esas que nacen de inmediato entre la gente que se reconoce desde el alma y el corazón. Natalia me ha enseñado la historia del vino argentino y de sus protagonistas.
Pero esa no es nuestra única compañía, vienen con nosotros los enólogos, Marcelo Pelleriti, JuamPi Michelini y Alejandro Vigil. No estarán en persona, pero llevamos sus vinos, vinos que dicen mucho de ellos y sus pasiones. Marcelo Pelleriti me permitió acompañarlo en una tarde de trabajo en Monteviejo, verlo trabajar aumentó el inmenso respeto y admiración que le profeso, probar La Violeta en un almuerzo suculento con su equipo, fue inspiración para un cuento que fue publicado en este blog, pero escuchar los acordes de su guitarra es entender la profundidad y sensibilidad de su espiritu… Te conmueve y es en esos vinos que llevamos, que están bautizados con su nombre, donde se une su pasión por la vid y la música. De Juampi Michelini llevamos un pedacito de la hermosa y agreste Gualtallary, embotellado en uno de sus Malbec. Jamás olvidaré mi visita a Zorzal, la música, los aromas de los mostos, la luz, la energía, las dulces y pequeñas uvas de Malbec llegando del viñedo, mis manos manchadas de hollejos… Sobre Alejandro Vigil he escrito muchas cosas en este blog, llevamos El Enemigo (su vino personal), el que me lee y me escucha sabe que me gustan los vinos de Alejandro Vigil, obviamente no soy la única. Me parece que estoy en una lista de miles de personas. Me gustan los vinos de Alejandro porque siempre me abstraen, una y otra vez me sumergen en un ánimo reflexivo, me sorprendí reconociendo sus vinos a ciegas y no olvido mi encuentro con Nicasia… Sus botellas vacías iluminan como candelabros la sala de mi hogar en San Telmo.
Como podrán notar, llevo gran parte de mi vida en Argentina a Venezuela, pero lo mejor de esta historia es cómo esta hermosa carga que llevo se entrelaza con la gente que nos espera allá. Mi amiga sommelier Lala Contessi -a quién adoro profundamente- será nuestra anfitriona, los eventos se realizarán en los espacios de Quinta Delta, el hotel boutique que ella regenta. Lala Contessi fue mi pilar de apoyo en uno de los momentos más complicados que de mi vida, fue testigo de todo el proceso doloroso y al mismo tiempo liberador que pasé al decidir parar, dejarlo todo y venir a Argentina, ahora me recibe de vuelta con mi carga de vinos y amigos.
Dos de las veladas que hemos ideado para esta semana en Venezuela serán cenas de armonías. Hoy mi querido amigo cocinero, socio y compañero de alma Pocho Garcés esta comenzando a hacer su magia en la cocina de su casa. “Claraboya Itinerante” fue el proyecto que hace un año y medio ideamos juntos, una experiencia sensorial de música-vino-cocina que hicimos realidad en este apartamento desde el que escribo hoy en San Telmo. Pocho venía con su Claraboya, su cocina y su música y yo con mis vinos y mi obsesión por los sentidos, y en el camino la vida nos regaló un encuentro inolvidable, por lo que ”Claraboya Itinerante” es uno de los muchos productos de ese encuentro, que esta vez será el crisol de ese amor por Argentina y Venezuela que ambos compartimos.
¿Qué es Argentina para mí ahora? Es el sol porteño que ilumina mi sofa mientras escribo, es mi gata Cot sana y salva y dormida a mi lado después de haber intentado emprender el vuelo desde mi ventana, es la vista desde mi pequeño apartamento en San Telmo, es la luna suspendida sobre los edificios de Puerto Madero, es el pan de Alfredo en El Refuerzo, es el paseo dominguero junto a Pablo por los adoquines de la calle Defensa, es el color ocre de las tierras de Salta, las empanadas, el ají amarillo de Cachi, es la Luna Tucumana, el Mercado de San Telmo, los duraznos de los duendes, los arcoiris traslúcidos sobre las aguas salvajes de Iguazú, es el brillo del océano en Mar de Plata, los viñedos de Mendoza, la vista de Tupungato, es Gualtallary, Agrelo, Altamira, Cruz de Piedra, es el aroma de asado que vuela hasta mi ventana los domingos, el sabor inolvidable del Cabernet Franc en el viñedo, es el Malbec y sus multiples personalidades, es el azahar del torrontés, es las calles de Buenos Aires que invitan a caminar, es la comida con amigos, las lágrimas solitarias y las alegrías compartidas, es la amistad de Natalia, la energía de Gabriela, las palabras del Jose, es los acordes de la guitarra de Marcelo, la voz cantora de JuamPi, los brazos manchados de vino tinto de Alejandro, es el encuentro con Pocho, es el lugar que espera la visita de Lala… Es el verano, el otoño, el invierno y la primavera llevándome de la mano… Es el vino argentino que me trajo hasta aquí. Esta noche para celebrar como Locro con amigos y vino argentino… ya les contaré.
¡Santé!

