“…Si supiera adónde ir intentaría fugarme solo para poder seguir…”
Domingo en la mañana y mis sentidos despiertan bruscamente en la Pirámide de Catena Zapata. En un instante estoy probando mostos de uvas blancas tratando de seguirle el ritmo al jefe de enología de este gigante de la industria del vino argentino. Va de tanque en tanque probando y dando instrucciones a su equipo y yo no me atrevo a preguntar nada… En ese momento decido entregarme a este día para percibir y rogando tener otro para preguntar. Entiendo con la boca repleta de mosto como la fermentación -gracias a esas pequeñas laburantes llamadas levaduras- logra desenmascarar la fruta voluptuosa y tropical que estaba escondida esperando en la piel del chardonnay que hace nada pendía de la vid. Mi nariz se topa con los exhuberantes perfumes de un mosto de Gewurztraminer, me detengo por un momento… pero hay que continuar… al menos falta probar una veintena de tanques, si no son más. Pasamos a tres tanques de Sauvignon Blanc, el ultimo me deja un brevisimo instante en medio de un bosque frío, rodeada de hierbas… ruego por esa botella en mis manos y servida en mi copa…
Pasamos a los mostos tintos y siguen las instrucciones, me dice que avise cuando este cansada y lo que pienso en descansar en una tina repleta de mosto de Malbec…
Aparece una botella de espumante… de aromas complejos y curiosa tonalidad… si yo fuera espumante seria sin duda de ese color. Las futuras burbujas de Alamos…
Nos dirijimos hacia los viñedos y me siento inmersa en un Road Movie mientras suenan melodías de Los Pelotas y Goran Bregovic -este último me hace recordar a Kusturica-. Afuera el enólogo del grupo Catena se relaja, se coloca las manos en los bolsillos de sus jean manchados de violeta y camina los viñedos. Me hace notar la densidad de plantación, prueba la uva y calcula cuanto falta para cosechar… Recorremos Gualtallary, Altamira… pruebo los granos que se convertiran en Angelicas y Nicasias… llegamos a las vides de merlot que dan vida a Angelica, viñedo por el que confiesa entre lineas sentir un cariño especial. El sabor del Cabernet Franc se me queda prendado en el cerebro… dulce, fresco y picante… Tomo instantáneas mentales de los paisajes y algunas las logro captar con la camara… Recorriendo la via “El Ale” -como lo llaman sus amigos- señala los nombres de los viñedos… Historias y recuerdos comienzan a fluir de su conversación… tiene una memoria asombrosa para reconocer cada parcela… la nostalgia comienza a aparecer en sus palabras y en sus ojos enmarcados en pobladas cejas. Ojos que han sido testigos del crecimiento de estas zonas vitivinícolas.
Recuerda los Niños Envueltos en hojas de parra, las tortas, el queso de chancho que comia de pequeño… los desayunos que le preparaban sus abuelos antes de salir a trabajar en el campo. El vino, los viñedos y estas montañas están profundamente arraigados en él… pienso en esto mientras lo escucho y viene a mi mente la imagen de las raices de la vid… del Malbec que es parte de la historia de este lugar… ese vino Argentino que este enólogo defiende a morir y con el que compite en el mundo.
Nos detenemos para almorzar pasta en La Consulta, compartimos anécdotas de viajes y dos botellas de Gran Enemigo… su vino personal. Y allí va otro más a mi lista de vinos inolvidables que curiosamente posee varios vinos elaborados por él.
Llegamos a Vistaflores, recorre la gigantesca bodega observandolo todo con la conciencia y la actitud del que orgulloso muestra el resultado de su trabajo y el de su equipo. Me hace catar los iconos de la bodega directamente de la barrica y me lanza un comentario: -Para que sepa con quien esta hablando- . Y yo lo sé perfectamente bien, sencillo y complejo, tolerante y combativo, competitivo, trabajador obseso, sensible y compasivo. Alejandro Vigil, un geminiano, genio y alquimista que ya es parte de la historia del vino argentino.
La tarde cae con sus tonos dorados y de regreso en La Pirámide me despido de este personaje y me dirijo al río Mendoza a ver salir la luna con una copa de vino en mano… Observándola y escuchando el sonido del río sigo agradeciendo mi buena fortuna.


