“Es una pieza hermosa. Lo malo es que, hasta este momento, yo creía que era yo quién la había inventado”

Recuerdo la primera vez que escuché Cavallería Rusticana, estaba en compañía de un amigo que tenía varios días diciéndome que quería compartir conmigo su canción favorita. Mientras recorríamos las calles empapadas de lluvia de El Paraíso las notas de esa pieza musical de Pietro Mascagni me llenaron el corazón de destellos de luz; porque esa canción es luminosa, logra meterse en los pulmones, se respira, huele a verde, a agua, a cielo azul después de la lluvia… desde ese día Cavallería Rusticana forma parte de mis pequeños tesoros, tesoros que pocas veces comparto.

Tengo un cuarto lleno de ellos y de vez en cuando con copa de vino en mano entro a quitar el polvo, a admirarlos… los tomo cuidadosamente entre mis manos, siento sus aromas los que se han salvado del olvido. Allí están las cartas de mi padre, el recuerdo de sus manos y su espalda pecosa, el aroma de las sabanas de mi mama, la canción de los tres cochinitos y del patito color de café, la voz de mi abuela, las canas de mi abuelo, la leche en polvo con azúcar a escondidas, el aroma de las arepas, el sabor de las fresas que me comí dentro de una carpa en el páramo, las orejas voladoras de La Bruja, las risas del lorito Roberto, la paciencia de mis tortugas… los primeros pirulines, las sorpresas de mi primer novio, el color de los ojos de Gustavo … su olor. El aroma de la tinta en las clases de grabado. Los peces de colores de Isla Mujeres, el color del agua en los cenotes de Yucatán, los Chiles en Nogada, las margaritas de tamarindo, la luz de las calles de Cartagena de Indias, los paisajes de Toscana desde San Gimigniano, la cúpula de Brunelleschi, las voces cantoras de los gondoleros de Venecia pasando frente a mi habitación, el sonido de su remo en el agua, el sabor de mis primeros arándanos con el viento de Venecia golpeando mi rostro. El blues de un sotano en Praga, el color de la arena de Stromboli, el pato al horno en las orillas del Moldava, la tarta de patilla y pistacho de Sicilia, los arancinis, los almendros. Los arrozales de China, el pato pequinés, el río Li, los sombreros de cono, los cormoránes, los noodles, el pato crujiente, el té y el arroz con maní. Los viñedos de Mendoza con el fondo de la Cordillera, el atardecer en Tupungato, los paisajes de La Mancha, los caramelos de violeta, las semillas de cilantro, la primera vez que reconocí un aroma en el vino -el de la parchita en un Sauvignon Blanc Chileno-, el aroma de eucalipto en la vía hacia el Valle de Casablanca. Las burbujas del Krug Vintage de 1998. Las canciones de Cecilia, mi primera serenata, la voz, el pétalo de sal, la amapola y el caribbean blues… el final del 2010 y el principio del 2011. Los maullidos de Nico y Leandro, el jardín de Las Palmas con sus colibríes. Las berenjenas con cilantro, los huevos rancheros con aroma de laurel, las canciones en la distancia antes de dormir. Las noches de salsa con el Guajeo, la cota mil los domingos, los atardeceres en Galipan, la voz de Rafi, las mandarinas bajo los arboles… las jirafas y jirafillas de Septimus… Sendak. La colección de aromas de todos mis vinos inolvidables… El tacto de unas manos con aroma de curry. Buenos Aires, la noche, sus calles y el vino. El cielo estrellado de Salta, los pinguinos de Ushuaia. Las noches de Mogambo y el cordero al chilindron de Miren. La mirada de mi gata y su ronronear antes de dormir.

Tengo un cuarto lleno de tesoros, esta mañana alguien entró sin permiso y estuvo desordenado mis cosas.