“No pasaras, he madurado, en tu cuerpo y tus sentidos. Tú, pedernal en mi tiniebla, yo, vino añejo a ti ofrecido. Te pido, quédate conmigo en ésta curva del camino. Ya no me duele el pasado, ni lamento lo perdido. No me importa hacerme viejo, si me hago viejo contigo”.

He estado pensando en que será de nosotros cuando estemos viejos. Trato de imaginarte… serás un viejito distraido y cuenta cuentos. Hasta cuando estes viejo andarás por la casa caminando de puntillas; dormirás dos horas al día, te quedarás dormido donde te agarre el sueño y dejarás la ropa tirada por todos los rincones…

Tendrás un pequeño huerto con flores, frutas y vegetales y a ellos les cantaras en las tardes. No pararás de escribir, en tu pequeño espacio lleno de libros, cartas, dibujos y recuerdos… allí te sentarás a inventariar tu vida cada vez que la tristeza venga de visita…

Pienso que si llegamos a viejos y estas solo te buscaré donde quiera que estés para que nos hagamos compañía, porque para esos somos buenos…  para hacernos compañía…

Yo te haré el desayuno y tu me harás el almuerzo; y en las tardes merendaremos juntos galletas y frutas, tu con café y yo con té. Cuando nos pongamos a recordar la vida abriremos una botella de vino, uno de esos que siempre tengo guardado para momentos especiales, nos reiremos de nuestras propias tonterías y tu cocinaras algo delicioso; y cuando el cielo se vista de estrellas yo disfrutaré callada de los aromas del vino y escuchare tus interminables cuentos de sobremesa…

Y como te dije te quedarás dormido donde te agarré el sueño… pero algunas noches después que termines de escribir canciones vendrás de puntillas a mi cama te acostarás pegadito a mi tarareando la canción que acabas de componer…  y yo entre sueños te diré: “hasta mañana querido” … y tu me dirás: “descansa tupungata”.

 

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